26/6/12

Lo que sucedió en Paraguay no es un golpe de estado


Lo que sucedió en Paraguay no es un golpe de estado. Si vamos a denominar golpe de estado al hecho de que el Congreso paraguayo, siguiendo lo estipulado por la Constitución de esa república soberana de América del Sur, haya destituido al presidente Fernando Lugo, serían poco menos que inexistentes o escandalosa minoría los gobiernos que podrían ostentar una inimputable legitimidad en todo nuestro continente.

                        Presidente del Paraguay Federico Franco. Fuente Radio Mitre

En realidad pasó otra cosa. Necesito, de alguna manera, referirme a los hechos fácticos aunque esa expresión parezca reiteración o redundancia. Hablo de los hechos comprobables. El 20 de abril de 2008 la Alianza Patriótica para el Cambio llevó a Fernando Lugo, que había sido obispo de la Iglesia Católica paraguaya, a la presidencia, poniendo fin a 61 años de hegemonía del Partido Colorado. 

Esas elecciones le dieron a la Alianza Patriótica para el Cambio, cuya fórmula era Fernando Lugo–Federico Franco, 766.500 votos contra 530.000 del Partido Colorado, y 379.000 del partido de Lino Oviedo, la UNACE. Lo interesante, para ver como se organizó el poder político paraguayo, es que el 66% de los votos obtenidos por la Alianza Patriótica para el Cambio provenían del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), el partido del vicepresidente Franco. 

De modo que 507.000 del total de 766.500 votos fueron logrados por los aliados de Lugo. Esa alianza se rompió. Franco, que asumió días pasado, es un médico de 49 años. Las elecciones deben celebrarse dentro de solo diez meses, el 23 de abril de 2013.

Pasó algo que, de alguna manera colmó la paciencia de muchos sectores democráticos paraguayos. Por de pronto, Lugo carecía de partido y de estructura, y estaba apoyado, fundamentalmente, en el grupo de gente que lo acompañó durante su tránsito por el movimiento de “Teología de la Liberación”. 

No le habían hecho mucho impacto las acusaciones iniciales y luego la demostración de haber procreado dos hijos que no había reconocido. Pero eso hablaba mucho de su carácter. Revelaba que este obispo de la Iglesia Católica, ostensiblemente célibe, una vez presidente fuera denunciado como un padre que no reconoce a sus hijos. Además de los ya dos que tuvo que reconocer, hay dos causas más de paternidad no reconocida que están todavía en trámite.

Pero lo más importante sucedió el pasado 15 de junio, hace dos semanas con la matanza que se desarrolló a 350 kilómetros al norte de Asunción, en la frontera con Brasil donde seis policías fueron fusilados y once campesinos fueron masacrados.

¿Por qué se habla ahora de golpe de estado? ¿Por qué hablan presidentes como Cristina Fernández, Hugo Chavez y Rafael Correa de golpe de estado? Inclusive hasta Dilma Rousseff, si no usado esos términos, de alguna manera cuestiona este juicio político a Lugo. En rigor de verdad, si queremos ser perfectamente fieles a los hechos, a Lugo lo depuso el Congreso de su país, no salieron unidades militares a la calle para derrocarlo.

El golpe de estado como lo hemos conocido entre los años ’50 y ‘80 inclusive es una ocupación ilegal del poder, una confiscación del poder político democrático implementada normalmente por fuerzas militares con apoyo civil. Acá no ha habido fuerzas militares, a tal punto que Fernando Lugo ha aceptado la decisión y se considera ex mandatario. 

No llamó a la rebelión, no llamó a la resistencia, no cuestionó el mecanismo dijo que había sido un proceso sumarísimo y que no le dieron suficiente tiempo de defenderse, pero lo cierto es que el propio presidente depuesto por juicio político no se defendió de esa situación. Carecía de fuerza propia. No salieron más de 6.000 personas a las calles de Asunción para reclamar por la permanencia de Lugo y tampoco hubo resistencia en ninguna parte del país.

Sucede que la palabra “golpe” y la manipulación demagógica que se hace, sobre todo en Caracas, Quito, La Paz y en la Casa Rosada pretende encabalgarse al concepto de ilegitimidad, pretendiendo asociarse esos gobiernos con una transparente vocación democrática. 

En ese sentido, la presidente argentina Cristina Fernández se identifica, asocia y homogeneíza con Hugo Chávez Frías, con Evo Morales (que acaba de recibir a Mahmud Ahmadineyad, el presidente de la República Islámica de Irán, el hombre que dice que en su país no hay homosexuales y no los puede haber y que, además, Israel directamente no tiene derecho a existir). Esos son los parámetros, los paradigmas y los modelos en cuyo marco se siente cómoda la presidente argentina.

¿Que el juicio político al presidente Lugo de Paraguay podría haber sido un poco más extenso? Probablemente. No tengo conocimiento detallado de la crisis paraguaya, pero la pretensión de las naciones de UNASUR de querer darle lecciones de legitimidad democrática a los paraguayos, el país que más ha sufrido, precisamente por la rapacidad de Brasil y la Argentina en el siglo XIX, es absolutamente insustentable. Me niego a convalidarla.

Los gobiernos de la Argentina, Brasil, Venezuela y Ecuador no tienen ninguna legitimidad ni coherencia para pedirle cuentas de democracia a la nación paraguaya. Si la sociedad paraguaya considera que se ha actuado conforme a la ley, y así ha sido, no es un golpe de estado. 

El curso de los acontecimientos debe seguir y en el próximo mes de abril los paraguayos deben elegir un nuevo presidente. Todo lo otro, para variar, es especulación, mera utilización de un lenguaje político de la década del ‘70 para convalidar las satrapías del siglo XXI.



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